De Nelly a Doug: los motes de los científicos para las variantes y mutaciones del coronavirus

Da la impresión de que cada día aparece una nueva variante del virus que causa la COVID-19. Pueden ser preocupantes o simplemente avivar la curiosidad de los científicos, pero les unen sus nombres técnicos de tipo industrial, como B117 o B1351.

Y a medida que la lista se hace más extensa, hasta los científicos necesitan un respiro, por lo que algunos han empezado a crear motes como Nelly, o están designando mutaciones o variantes concretas usando nombres de especies de aves.

“Desde luego no ha habido escasez de cosas que nombrar en torno al último mes”, dice la doctora Emma Hodcroft, epidemióloga molecular de la Universidad de Berna. “Si a los científicos les resultan útiles los nombres, no hay nada malo en ello, el tema está en cómo normalizarlos para que todo el mundo sepa exactamente de qué se está hablando”.

Sin un consenso sobre la nomenclatura, han sido los medios de comunicación y los responsables políticos los que se han ocupado de poner nombres, llamando a las variantes por las regiones en las que han sido descubiertas. Pero los virus no respetan fronteras y los científicos insisten en las diferencias que hay entre países por su nivel de vigilancia genómica: descubrir una variante en una zona concreta no garantiza que se haya desarrollado allí.

“Con estos términos corremos el riesgo de crear un estigma y desincentivar la información honesta sobre las nuevas variantes de los virus y que se ponga un énfasis excesivo en los controles de fronteras como mecanismo de gestión de la pandemia”, dice la doctora Katie Baca, especialista en Historia de la Ciencia y la Medicina de la Universidad de Harvard. “Los nuevos virus, las nuevas variantes o los nuevos patógenos, representan un desafío global, no local, y su denominación debe reflejarlo”.

Hace poco, la Organización Mundial de la Salud (OMS) trató de desarrollar un sistema de nomenclatura sin éxito. Por otra parte, en ninguna epidemia se había visto este nivel frenético de secuenciación de virus.

Hodcroft es una de las integrantes del proyecto Nextstrain, que sigue la evolución del SARS-CoV-2 y que denominó 20I/501Y.V1 a la variante descubierta en Kent, Inglaterra. Hace poco publicó un estudio como autora principal sobre siete variantes del virus dentro de Estados Unidos que portaban la misma mutación. Como parte del proceso de investigación, puso a cada variante un apodo aviar, como ‘Pelícano’, ‘Codorniz’ y ‘Ruiseñor’.

Estos motes funcionan bien a corto plazo pero no son una solución duradera debido al ritmo con el que están surgiendo nuevas variantes y mutaciones, explica la experta. “Y si vamos incorporando todos estos pájaros, ¡vamos a tener pronto un zoológico! Es decir, no vamos a ser capaces de recordar cuál era el ‘martín pescador’ y cuál la ‘paloma’”, dice. “Algo a favor de las denominaciones más técnicas es que incorporan información en el nombre [como la descripción de una mutación]. Si me pasara por completo a los apodos para un centenar de variantes, estaríamos tan confundidos como los demás”.

Áine O’Toole, bióloga evolutiva de la Universidad de Edimburgo y una de las desarrolladoras de otra nomenclatura para linajes virales, se dio cuenta de que pasaba mucho tiempo hablando con sus compañeros sobre la mutación asociada a una mayor capacidad de transmisión del virus, la D614G.

“Como es fácil de imaginar, era un auténtico trabalenguas, de modo que empezamos a llamar a esta mutación de D a G ‘Doug’. Cuando había cualquier otra secuencia de virus que no presentara la mutación, la llamábamos ‘Douglas’, así que era una especie de broma privada dentro del laboratorio”, dice. “A medida que surgían más mutaciones, se nos ocurrían nuevos nombres de personas para ellas”.

Por ejemplo, a la mutación N501Y que hace que la variante descubierta en Kent sea tan trasmisible, la llamaron de forma cariñosa “Nelly”. La E484K, una mutación que hace temer por la eficacia de la vacuna, acabó siendo bautizada como “Eeek”. “En un principio iba a llamarse Eric, pero trabajamos mucho con alguien que se llama Eric, así que no queríamos que coincidiera el nombre de esa mutación con de alguien que conocíamos”, dice O’Toole.

Los investigadores creen que un sistema de nomenclatura estandarizado, al menos para las variantes más preocupantes, sería útil para la población.

“Algo similar a los sistemas de denominación de huracanes sería sin duda una mejora respecto a la denominación geográfica”, dice O’Toole. “Pero para mí, el nombre científico ha sido muy útil y voy a seguir usándolo”.

Traducido por Francisco de Zárate

fuente: Read More