El trabajo más allá de la pandemia

Recientemente se ha hecho público el nuevo informe del Foro Económico Mundial (FEM) sobre el futuro del trabajo. El informe se basa en buena medida en la opinión de directivos de grandes empresas, pertenecientes a 15 sectores de actividad y de 26 países, sobre todo las economías más desarrolladas, aunque incluye también algunas emergentes. Hablamos en conjunto del 80% del PIB mundial. Además, incluye información de otras fuentes, principalmente de LinkedIn, la principal red de ámbito profesional en Internet, con un conocimiento detallado de las ofertas de empleo en la mayor parte del mundo, y también de Coursera, una de las plataformas globales más importantes de formación en línea.

Entre las opiniones de las personas consultadas destaca que el 84% consideran que la COVID-19 contribuirá a acelerar la digitalización en su organización. Casi el mismo porcentaje (83%) considera que se incrementará el teletrabajo, y uno de cada dos que se acelerará la automatización. En el caso de España los porcentajes son incluso mayores: del 92,9, 85,7% y del 64,3 respectivamente. Llama la atención sobre todo este último dato, casi un 30% superior a la media de los países analizados, y que quizás responda al perfil del tejido productivo en nuestro país, altamente automatizable conforme las tecnologías, sobre todo las denominadas inteligentes, vayan desarrollándose e incorporándose a las organizaciones.

El porcentaje de trabajadores que podrían potencialmente teletrabajar crece, en general, conforme aumenta la renta per cápita de los países. Eso sí, incluso los países que están a la cabeza en este indicador, sitúan alrededor del 60% el porcentaje de trabajadores que no pueden teletrabajar. Es el caso de Suiza o EE. UU., por ejemplo. Parece que este es el techo o suelo actual, según se mire, del empleo alrededor de la economía digital potencialmente desarrollable en línea. El pronóstico sobre el incremento del teletrabajo en España en los próximos años, en todo caso, resulta especialmente llamativo si tenemos en cuenta que antes de la pandemia éramos el país de la UE con un menor porcentaje de teletrabajadores, según la encuesta “Living, working and COVID-19″, de Eurofond.

El informe también resulta muy revelador sobre el comportamiento previsto para el empleo en el medio plazo. La mayor parte de las previsiones realizadas se sitúan en 2025, cuando, esperemos, la pandemia será historia. Antes el escenario es totalmente incierto. En todo caso, incluso si la COVID-19 está superada para entonces, el mundo seguirá todavía fuertemente condicionado por esta. De hecho, el informe pone en evidencia algunos hechos y datos especialmente preocupantes en este sentido. Por ejemplo, que la pandemia está uniendo su impacto sobre la economía y el empleo al de la creciente automatización. Este tándem está creando una “doble disrupción” (así lo califica el FEM) en el mercado laboral. Aunque las estimaciones para 2025 apuntan a que se crearán 97 millones de empleos, frente a los 85 millones que se estima que se destruirán, lo cierto es que en este momento está descendiendo la creación de empleo respecto a los últimos años, mientras que la destrucción se está acelerando. La pandemia está teniendo y tendrá un impacto más negativo en la economía, la sociedad y el empleo que la crisis económica del 2008. Además, llueve, y torrencialmente, sobre mojado.

Incluso si el empleo de nueva creación resulta superior al destruido, ni ocurrirá por igual en todas partes ni serán los trabajadores desplazados por la destrucción de empleo los que puedan cubrir significativamente la nueva oferta laboral. Son perfiles profesionales distintos unos y otros y, en general, los focos de creación y destrucción de empleo se situarán en lugares distintos.

Otro elemento muy preocupante es que salvo que se pongan en marcha acciones correctoras específicas, las desigualdades socioeconómicas se incrementarán. Sabemos que una adopción sin más de las tecnologías, en particular de aquellas propias de la información y las comunicaciones, amplifica con el tiempo las desigualdades entre personas, entre países y dentro de ellos. Su carácter cada vez más universal nos hace pensar ingenuamente que no es así. Vemos a una persona sin hogar hablando por un móvil y podemos pensar estúpidamente en la fortuna de tener estas tecnologías cada vez más ubicuas y accesibles, a las que incluso tienen acceso las personas desamparadas, sin pararnos a pensar que la situación de esta persona podría incluso haberse derivado de su desahucio laboral provocado por la automatización. Las máquinas, eso sí, no son responsables, sino quienes, en particular los gobiernos, no hayan hecho nada al respecto.

El dato que más evidencia la envergadura de este futuro que ya tocamos con los dedos, es la previsión de que en 2025 el trabajo humano y el automatizado se equipararán. Para entonces, la mitad de lo que podemos considerar trabajo será realizado por máquinas. En la mayor parte de los casos coexistiendo personas y máquinas, pero también, y cada vez más, sustituyéndonos estas.

Entre las habilidades y competencias que adquirirán una mayor relevancia en 2025 se incluyen el análisis y pensamiento críticos, la resolución de problemas complejos, la autonomía, el aprendizaje activo, la resiliencia, la tolerancia al estrés y la flexibilidad. Puede parecernos paradójico que en un mundo con tanta tecnología y con máquinas haciendo el trabajo que hasta hace poco hacíamos nosotros, sean este tipo de competencias, tan humanas, las que más se demandan y, previsiblemente, más se demandarán en el futuro. Pues precisamente por eso, porque lo otro, cada vez más, ya lo harán las máquinas.

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