El Mediterráneo afronta un daño medioambiental irreversible y España encabeza su degradación

La presión sobre sus recursos naturales, la pérdida de biodiversidad y el creciente impacto de la crisis climática abocan a un deterioro sin vuelta atrás del Mediterráneo, según evidencia el último informe sobre su estado, hecho público este miércoles por la Organización de las Naciones Unidas.

El Programa de Medio Ambiente de la ONU, tras revisar la evolución de esta región durante la última década, advierte ahora de que, “si no se detiene la tendencia actual, la degradación podría tener graves y perdurables consecuencias para la salud y el sustento de los humanos”. Al fin y al cabo, el Mediterráneo se encuentra en una situación de grave déficit ecológico: se consume, de media, un 40% más de recursos renovables naturales y otros servicios de los ecosistemas de los que es capaz de producir”.  

España está especialmente concernida por esta alarma: 3.640 kilómetros de costa se abren a este mar. Ahí viven unos 18 millones de personas, según cálculos del Gobierno. Es el país con más especies costeras y marinas en peligro, con los acuíferos contaminados con agua salada por la subida del nivel del mar, a la cabeza de vertidos de basura plástica y los caladeros sobrexplotados. Ecosistemas como el Mar Menor, el delta del Ebro o l’Albufera de Valencia padecen una regresión continua.

En los países del Mediterráneo, hasta un 15% de las muertes están ligadas a factores ambientales prevenibles, recuerda la ONU, ya sea por la contaminación atmosférica o las olas de calor. Se trata de la zona del mundo más deseada por los turistas y que concentra las rutas marítimas más transitadas. “Poco ha cambiado desde la primera evaluación de 2005”, se queja el director del programa François Guerquin. “Debemos adoptar cambios drásticos en nuestra relación con la naturaleza si queremos un Mediterráneo para el presente y futuras generaciones”. Entre esos cambios están las políticas de transición ecológica del fondo europeo para la recuperación de la pandemia de COVID-19. El green new deal al rescate de la situación de emergencia en el Mediterráneo. Una emergencia con muchas caras.

El Mediterráneo se está recalentando más rápidamente. Un 20% más que la media del planeta. Si la Tierra tiene una temperatura 1,1º C superior a la época pre-industrial, el Mediterráneo está en 1,5 grados. Es decir, el cambio climático y sus consecuencias avanzan aceleradamente en esta zona.

En el Mediterráneo, la subida del nivel del mar producida por la alteración climática dispara toda una serie de impactos de gran calado: conduce a la salinización de aguas subterráneas, inundaciones y erosión del terreno que provocan un enorme perjuicio para la salud, para la disponibilidad de agua dulce, para la agricultura e incluso para el patrimonio cultural. La ONU recuerda que, solo en España, un millón de personas viven en zonas con menos de cinco metros de altura sobre el nivel el mar, a modo de ilustración sobre el riesgo que suponen los efectos de la crisis climática. Las últimas evaluaciones más precisas han demostrado que amplias zonas están más amenzadas por las inundaciones de lo que se creía.

El cambio climático en España ya se deja sentir con la multiplicación de las olas de calor y los temporales costeros. Las tormentas y embates marinos agreden más frecuentemente la costa que carece de la barrera de defensa natural que suponen las playas. Sin esa muralla, tanto la reposición de arena como la construcción de infraestructuras absorbe periódicamente millones de euros en obras de restauración del litoral.

El Mediterráneo se está convirtiendo en un basurero marino. Y, además, contaminado. Los países de su cuenca generan unos 180 millones de toneladas de residuos urbanos al año. Está rodeado de fábricas de basura. La ONU calcula que, directamente, 730 toneladas solo de basura de plástico llegan al mar cada día. España es el segundo país del ránking con 125 toneladas diarias, por detrás de Turquía y superando a Italia, Egipto o Francia. Son unos dos kilos por persona y día todos los años, calculados para la población agrupada en la franja de 50 kilómetros a lo largo de la costa. En 2016, un estudio sobre la basura asociada al turismo intensivo calculó que, en el mes de julio, se podía hallar una media de 450.000 objetos al día por km2 de playa en zonas turísticas y 200.000 en las playas más remotas. El 38% son plásticos y otro 30% colillas de cigarro. Los microplásticos rondan el 9%.

Además, las aguas del mediterráneo son contaminadas con vertidos de todo tipo: metales pesados, sustancias orgánicas, hidrocarburos y nutrientes. “El 80% de la contaminación del mar proviene de tierra adentro: la agricultura, la industria y los residuos urbanos”, afirma este informe. En España se da un ejemplo ya dramático de cómo la contaminación que llega de las actividades terrestres se lleva por delante el ecosistema en el Mar Menor. Allí, los vertidos y filtraciones de agua llena de restos de fertilizantes agrícolas tienen a la laguna prácticamente KO.

De manera general, España usa más de 1,7 millones de toneladas de fertilizantes, una media de 144 kilos por hectárea cultivada, la cuarta detrás de Eslovenia y Montenegro (que aportan muy poco en términos absolutos) y Francia (la gran potencia agrícola de Europa). Mientras las explotaciones agrarias en Francia e Italia son pequeñas, en España, el 85% superan las cinco hectáreas.

El mar Mediterráneo es el más esquilmado del mundo. Se desembarcan unas 800.000 toneladas de pescado (el 18% del volumen total se descarta después de capturarse). El 78% de las especies comerciales de estas aguas están oficialmente sobrepescadas, es decir, el ritmo al que se extraen impide que las poblaciones se repongan de manera natural. Es un fenómeno que se prolonga en el tiempo ya que casi la mitad de estas especies objetivo de la industria presentan un nivel de biomasa bajo lo que indica que la sobrepesca impide que se repongan, recuerda la ONU.

España está a la cabeza de la lista. Lo viene reconociendo el Gobierno español al verse obligado a aprobar órdenes para ordenar las capturas ante la “sobrexplotación generalizada”. Este mismo año se ha publicado un plan para las especies del fondo marino (demersales) como la merluza mediterránea que es, precisamente, la especie más esquilmada, según este informe de la ONU.

La sobrepesca no es, únicamente, un problema para la biodiversidad. Llevar los caladeros al límite implica que, con el tiempo, las especies en las que se sustenta la industria no rendirán: no habrá pescado para faenarlo. El sector supone un millón de puestos de trabajos directos e indirectos, explica el informe. 250.000 sirven a bordo de los buques pesqueros en un sector que produce 10.000 millones de euros al año.

La región mediterránea en general es la zona con más escasez de agua del mundo. Sin ir más lejos, el sureste de la península ibérica se enfrenta a una, cada vez, mayor aridez. Es la frontera por donde avanza la desertificación favorecida por la erosión que se come el suelo en España y el consumo intensivo de agua para la agroindustria. Todo el Mediterráneo avanza hacia un modelo climático “más seco y con precipitaciones más violentas”, avanza el informe.

En esta situación, las reservas subterráneas van cobrando una mayor importancia. Sin embargo, la extracción de líquido para alimentar explotaciones intensivas de regadío combinado con la subida del nivel de mar asociada al cambio climático está empujando la intrusión de agua salobre en estos depósitos. Y una vez contaminados de esta manera se convierte en inútil para el consumo humano directo o mediante el riego de alimentos.

Las actividades humanas han multiplicado la presión y destrucción de la riqueza natural del Mediterráneo. Alrededor del 14%, unas 168, de las especies costeras están amenazadas con la extinción. España lidera la lista con 63 variedades entre animales y plantas. Además, en todo el Mediterráneo, se cuentan 78 especies marinas en peligro (el 11% del total conocido). Efectivamente, en España se encuentran 72 de estas variedades, el primer país de la región. Esta condición convierte al litoral mediterráneo español a la vez en zona de riesgo y refugio para la biodiversidad bajo amenaza.

El informe hace mención especial a dos especies referenciales para ilustrar la riqueza en ecosistemas: el coral rojo y las praderas de posidonia. España tuvo que ordenar este año un parón de la pesca de este animal que conforma un hábitat completo para otras muchas especies. Las capturas lo han llevado al límite en muchas zonas. Sobre la posidonia, esta planta ha sufrido una regresión de, al menos, el 30% en los últimos 50 años. En España ha sido notable en toda la costa levantina y las Baleares. Las principales causas de destrucción han sido la restructuración de la costa mediante infraestructuras como puertos o espigones, los vertidos y el boom de la navegación de recreo y los cruceros turísticos.

En este sentido, el estudio de Naciones Unidas indica que las aguas se han llenado con unas 1.000 especies exóticas de las que, al menos, 100 son invasoras. Variedades de animales o plantas que llegan de manera artificial, se asientan y medran. El ritmo de introducción de estas especies que dañan los ecosistemas y desplazan a las autóctonas ha crecido mucho en las últimas décadas por la intensificación de actividades humanas como el transporte marítimo y el cambio en las condiciones ambientales que conlleva el calentamiento global, señala este trabajo global.

El litoral del Mediterráneo está densamente poblado. Más de 500 millones de personas viven al lado del mar. En España unos 18 millones de personas habitan en la considerada franja costera, aunque sea algunos kilómetros tierra adentro. “Las densidades de población han crecido a ritmo insostenible la última década”, calcula el informe que señala que las zonas construidas se han doblado o incluso más. En España, la costa está fuertemente urbanizada. Más del 40% del litoral sur está construido según cálculos de Greenpeace. En la provincia de Málaga llega al 75%, Alicante un 64%, Valencia un 66% y Murcia un 33%. En Barcelona está urbanizado el 69% de su litoral.

A la población residente se le suma, cada temporada, la presión de la actividad turística. La ONU le dedica un apartado especial. Es el destino número uno en el mundo con 360 millones de llegadas anuales. 139 millones son en los países de la ribera norte, entre los que está España. Las agresiones llegan en forma de “basura marina, ocupación de terreno costero, consumo de agua y generación de residuos”, detalla la ONU. Y concluye: “Es indiscutible que las presiones humanas están amenazando gravemente tanto el medio ambiente como la sostenibilidad de estos destinos turísticos al igual que la viabilidad el sector”. 

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