Bolivia vota dividida, en pandemia y con una economía ahogada en las primeras elecciones sin Evo Morales en 18 años

No fue fácil fijar una fecha, pero finalmente Bolivia celebrará este domingo elecciones generales para elegir al presidente, vicepresidente, diputados y senadores de los próximos cinco años. Lo hace en medio de una grave crisis política, económica y social, agravada por el coronavirus. La pandemia, que ha dejado más de 8.400 muertes y más de 139.000 contagios en un país de 11 millones de habitantes, obligó a posponer los comicios en dos ocasiones. Sin embargo, muchos de los problemas que acumula la nación andina son previos al estallido de la COVID-19.

De entre los siete candidatos que se presentan a las elecciones, en las que 7,3 millones de personas están llamadas a votar, hay dos favoritos: el exministro Luis Arce, del izquierdista Movimiento Al Socialismo (MAS), el partido de Evo Morales, y el expresidente Carlos Mesa, de la alianza centro derechista Comunidad Ciudadana (CC). 

Si bien las últimas encuestas otorgaban a Arce más apoyos, apuntan a una segunda vuelta, ya que ninguno de los dos candidatos lograría más del 50% de los votos necesarios para gobernar ni alcanzaría tampoco un 40% con una ventaja de diez puntos porcentuales frente al segundo más votado.

El nuevo gobierno se enfrentará a un escenario complejo y su primer desafío será precisamente lograr que esta cita electoral se respete, es decir que las fuerzas políticas acaten los resultados. Otro reto para el Ejecutivo entrante será generar acuerdos con la oposición porque así lo exigen las propias emergencias del país: una economía en recesión, un desempleo que ronda el 12% y un empleo informal que alcanza el 70%.

“Se trata de una crisis de origen multifactorial. El país no solo está polarizado políticamente, sino que además hay fracturas sociales y la pandemia ha golpeado fuertemente nuestra economía, nuestra sociabilidad y educación y eso solo añade incertidumbre”, explica a eldiario.es María Teresa Zegada, profesora de la Universidad Mayor de San Simón de Bolivia e integrante de la Red de Politólogas ‘#NoSinMujeres’.

El país, dice Zegada, no está preparado para combatir una segunda ola de la pandemia de coronavirus: “Por eso las fuerzas políticas deberían encontrar un espacio de negociación y acuerdo para enfrentar las urgencias que vendrán en los próximos meses”.

La difícil situación que atraviesa el país se remonta a hace casi un año, a los comicios del 20 de octubre de 2019, cuando el entonces presidente Evo Morales se proclamó ganador en primera vuelta entre protestas por un supuesto fraude para beneficiar al presidente. La mecha se encendió cuando, en plena noche electoral, el Tribunal Supremo Electoral interrumpió abruptamente el recuento provisional de votos, que si bien daba como vencedor al mandatario, apuntaba a una segunda vuelta, algo inédito desde que el país volvió a la democracia en 1982.

Las protestas y enfrentamientos violentos no tardaron en llegar y se extendieron durante varias semanas por las principales ciudades del país, dejando varios muertos y cientos de heridos. Días después, los datos del recuento oficial confirmaban el apurado margen (menos un punto) con el que Morales evitaba una segunda vuelta en las que las formaciones opositoras pudieran aglutinarse y sumar fuerzas. En un intento por sofocar las protestas, entre posicionamientos de la comunidad internacional, el Gobierno boliviano pidió a la Organización de los Estados Americanos (OEA) auditara los resultados. 

El 10 de noviembre, cuando la OEA concluyó en un informe preliminar que hubo “irregularidades” en esos comicios y recomendó repetirlos, aunque sus hallazgos han sido cuestionados por varios expertos. Morales anunció una repetición electoral, pero se vio obligado a renunciar solo horas después tras un golpe de Estado. “Sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad”, dijeron las Fuerzas Armadas en un comunicado.

El Gobierno de Morales duró casi 14 años y se había presentado de nuevo a la reelección con el aval del Tribunal Constitucional, en una decisión muy criticada.

Morales, quien marcó un punto de inflexión en la historia de Bolivia al ser el primer presidente indígena en desplazar a las élites políticas además de ser artífice de grandes cambios, huyó de su país para exiliarse primero en México y luego en Argentina, donde permanece en calidad de refugiado desde diciembre. 

El exmandatario, que apoya a Arce como futuro presidente, dijo esta misma semana que a partir de ahora se centrarán en la formación de nuevos liderazgos de su partido. “Voy a dedicarme a compartir la experiencia de nuestras luchas para formar a nuevos líderes”, indicó en un video compartido en redes sociales, al tiempo que expresó su compromiso en ayudar a la reconciliación para salir de la grave crisis que atraviesa el país y “retornar así a la estabilidad política, crecimiento económico y desarrollo social”, añadió Morales, quien intentó presentarse al Senado en estas elecciones, pero los tribunales han tumbado su candidatura.

Estas son las primeras elecciones en 18 años en las que su nombre no figura en las papeletas de los comicios. Además, en la Bolivia condicionada por la pandemia se tendrá que votar en dos turnos, uno de mañana y otro de tarde, dependiendo de cómo termine el documento de identidad de cada elector.

Cuando Morales abandonó el país, se produjo un vacío de poder que acabó con la senadora opositora Jeanine Áñez, abogada conservadora y ultracatólica, proclamándose presidenta. Pese a haber asegurado que su Gobierno sería transitorio, en enero, se presentó como candidata a los comicios generales, cuya fecha se ha ido postergando a causa de la pandemia.

Postularse como candidata presidencial solo añadió más dificultades a su Ejecutivo, muy cuestionado por su gestión de la crisis de la COVID-19 y por escándalos de corrupción. Su baja popularidad y las presiones recibidas para unificar a los opositores al MAS en un solo candidato hicieron que en septiembre se retirara de la carrera electoral. 

“Lo que ahora le corresponde a Áñez es garantizar que haya condiciones para que esta elección tenga los mejores términos”, indica Zegada. La segunda presidenta interina en la historia de Bolivia terminará su mandato el 20 de enero con la transmisión del mando al nuevo presidente que se elija este domingo en caso de que no haya segunda vuelta, y al haberse postulado como candidata a la presidencia, no podrá ser senadora y tendrá que retirarse de la política nacional. 

Áñez, sin embargo, podría ser candidata en el amazónico departamento del Beni (noreste), su región, pues en 2021 se celebrarán elecciones subnacionales en los nueve departamentos que conforman el país para elegir tanto a gobernadores como a alcaldes. “Un espacio que podría ocupar es ese, pero a nivel nacional tiene que retirarse temporalmente de la política”, añade la politóloga a este medio.

Los dos partidos políticos con más posibilidades de ganar en 2019, MAS y CC, son los mismos que vuelven a intentarlo este domingo, pero las condiciones han cambiado. “Ahora hay nuevas autoridades electorales, más observadores internacionales y un cierto compromiso de los actores relevantes del proceso electoral para aceptar los resultados”, asegura el sociólogo Fernando Mayorga, doctor en ciencia política y también profesor de la Universidad Mayor de San Simón.

Respecto a las últimas encuestas que vaticinan una segunda vuelta en Bolivia, Mayorga cree que el MAS podría incluso ganar este domingo, ya que existe un porcentaje de votación rural que no está siendo contemplado en esos sondeos, que principalmente se enfocan en los centros urbanos. Asimismo, recuerda que el voto exterior, concentrado sobre todo en Argentina y Brasil, ha dado mayoritariamente su apoyo al MAS en otras ocasiones, “por lo que no se puede descartar la victoria de Arce en primera vuelta”.

A su juicio, la fortaleza del MAS es que es un partido de identidad popular e indigenista que mantiene su base social electoral pese a no contar con la figura de Evo Morales. “La derrota del MAS como partido de gobierno el pasado año quedó en ese nivel de dirigentes y autoridades, pero la estructura organizativa del partido no se ha debilitado. Independientemente de quién sea su candidato, sigue siendo la primera fuerza política en Bolivia, mientras que la oposición está dividida”, señala el politólogo.

El sucesor de Evo Morales es el exministro de Economía Luis Arce, que cuenta con un amplio respaldo. Se presenta como el responsable del éxito económico del anterior gobierno durante 12 años -impulsado también por los precios de las materias primas-, y su principal baza es recuperar la estabilidad, tanto económica como política. Sin embargo, su punto débil es que está considerado como “el candidato de Evo” y en ese sentido carece de sello propio.

Carlos Mesa, el candidato de la alianza CC, destaca por haber asumido la presidencia del país en 2003, cuando cayó el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada tras ordenar una brutal represión en unas protestas populares ocurridas en la ciudad de El Alto contra un proyecto de exportar gas a Estados Unidos. En la conocida “Masacre de octubre” hubo más de 60 muertos.

“Mesa tuvo una capacidad de mitigar la polarización y encaminar esa crisis política hacia una situación de paz”, señala Mayorga.  Pero en 2005, Mesa, tras poner su cargo a disposición del Congreso hasta en tres ocasiones, renunció a la presidencia en medio de unas protestas que demandaban la nacionalización de los hidrocarburos, uno de los principales motores de la economía boliviana. “La imposibilidad de resolver ese tipo de situaciones es una señal de debilidad ante posibles conflictos que puedan surgir en la actual coyuntura”, puntualiza el docente universitario.

Mesa cuenta con una alianza que se articuló para apoyar su candidatura, pero “no tiene una estructura que lo vaya a sostener en una gestión de gobierno y eso genera incertidumbre”, apunta por su parte la socióloga Zegada, quien destaca como fortaleza principal del político centrista la lucha que emprendió hace un año por “retornar a la institucionalidad”.

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