Entre la culpa y la panacea en pandemia

“Duro oficio el del inquisidor; tiene que golpear a los más débiles, y cuando mayor es su debilidad”

Umberto Eco.

   

No hemos cambiado tanto con el desarrollo y la técnica. Al final, reaccionamos igual que ante las primeras pandemias. Reaccionamos, como ante el duelo, entre la negación y la ira, de ahí a la negociación y finalmente a la aceptación resignada de hoy en día.

Por eso no quisimos creer la amenaza hasta que no la tuvimos dentro de nuestra propia casa. Por eso luego no hemos hecho otra cosa que pasar primero del exceso de confianza a la incredulidad, y luego de la aceptación al reproche airado y de éste al cansancio, el escepticismo y la decepción, ahora que se alarga tanto la pandemia y vuelve por sus fueros en forma de segunda ola.

En el camino, como pasa en todas las pandemias, el miedo y la culpa: tan pronto nos fustigamos, es verdad que más a unos los débiles que a otros los fuertes, con el reparto de culpas y agravios, como buscamos refugio en la ficción de la panacea o el milagro. Ya en las primeras pestes, convertimos en chivos expiatorios y perseguimos a cristianos, judíos y untadores, y no hace tanto, en la última gran pandemia de gripe recurrimos al milagro de Lourdes, aquí al lado.

La culpa fue de nuestros pecados, pero sobre todo de los otros. Las víctimas hemos sido siempre nosotros. Inicialmente culpa de los chinos y de la OMS porque incomprensiblemente tardaron en avisar, aunque cuando lo hicieron les tachamos de alarmistas. Luego, cuando la pandemia ya estaba entre nosotros, la culpa cambió de bando y lanzamos las indicaciones de la OMS y el ejemplo de los chinos contra nuestro propio gobierno.

Fue, según unos, culpa del Gobierno que reaccionó tarde, al parecer por razones ideológicas relacionadas con las movilizaciones feministas del 8M, y no por temor al impacto económico del confinamiento. Y cuando lo hizo, porque sobreactuó aprovechando el estado de alarma para imponer, según otros más airados, un estado de excepción encubierto, por oscuros intereses eugénesicos y sin contestación posible, más que las caravanas de coches en el barrio de Salamanca.

La culpa también ha sido de los científicos veletas que han ido cambiando de opinión en función de las evidencias y no de un dogma preestablecido. Pero ahora, súbitamente, también los científicos tienen razón cuando se suman al coro de la critica al gobierno, cuando piden evaluar su gestión en vez de que lo haga la oposición, o cuando directamente, al margen de la humildad requerida, impugnan que los gobiernos sean los que manden, mientras ellos son los lo que saben. La mano del que sabe.

También la razón fue en un principio de los sanitarios indefensos frente al sistema político y sanitario, que les negó las EPIs y los medios de diagnóstico y tratamiento para luchar contra la covid19, no porque estuviera rota la cadena de suministros, sino por saña o incuria. Aunque la culpa luego haya sido también de los sanitarios que cuando no han transmitido la pandemia a sus indefensos vecinos, o en que resulta que no atienden la demanda habitual en los centros de salud o retrasan las listas de espera. Por molestar.

Todos: Científicos, sanitarios y políticos, que tan pronto son aplaudidos y salen triunfantes acompañados de los trabajadores manuales esenciales en el confinamiento y la nueva normalidad, como obstaculizan el normal desarrollo del turismo y la hostelería, unos con sus limitaciones en unas fases arbitrarias de desescalada, otros con sus eternas reivindicaciones, y los aguafiestas de siempre volviendo a las restricciones de las libertades de movimientos, reuniones y horarios y a los aislamientos en contra de la nueva normalidad. Como si la libertad pudiera servir para poner en peligro la salud de todos y en especial de los más vulnerables

Otra parte de la culpa es, en estos últimos tiempos de rebrotes, trasmisión comunitaria y segunda ola de los jóvenes indisciplinados, de las celebraciones familiares y las ganas de fiesta, aunque al final sean culpa, una vez más, de los mensajes confusos y contradictorios causados por la división de los políticos, que los malean.

Nada tienen que ver los ambientes laborales, los contratos precarios, los transportes hacinados ni los barrios y los pisos donde no es posible la distancia social y ni siquiera la física. Nada tampoco el abandono de la salud pública o los recortes sociales y sanitarios. Tampoco la sindemia de las enfermedades crónicas y la enfermedad de la desigualdad social. Nada el narcisismo electoral de rebajas de impuestos y aumento de servicios.

Porque, al final, si en algo estamos todos de acuerdo, es en que la culpa es de la política y de los políticos en su totalidad. Sobre todo ahora que la marea ha subido y afecta a todos los colores de los gobiernos, incluso a las derechas. De la peor clase política de nuestra democracia, diría más, de nuestra historia, precisamente en el momento más crítico. Poco importa que los hayamos acabado de cambiar a unos y a otros al grito de que no nos representan.

Las víctimas, los agraviados somos todos nosotros: los ciudadanos que no nos merecemos los políticos que hemos elegido ni sus peleas y restricciones. Aunque en el fondo sepamos que la pandemia va por barrios, clases sociales, géneros, edades y razas, en detrimento de los de siempre. Los más débiles.

Pero siempre queda la panacea, entendida ésta como solución milagrosa que nos librará definitivamente de este maldito virus. Ahora a la espera de la vacuna definitiva para final de año, aunque en el fondo sepamos que tardará.

Empezamos creyendo que una a ser posible poco menos que una simple gripe estacional, ya que la otra fue una catástrofe oculta tras la propaganda de guerra.

Luego fue el cerrojazo del modelo autoritario chino y su incontestable eficacia. Con la desescalada vino la reivindicación de los test para todos y las mascarillas para todos, aunque no las hubiera. La ficción de la nueva normalidad.

Pero sobre todo fue y aún sigue siendo la llamada inmunidad de rebaño, que aún sigue formando parte de nuestras espectativa, aunque la seroprevalencia nos diga lo contrario, que estamos muy lejos, la OMS que nunca ha sido una salida viable y nuestro corazón que eso sí que es eugenesia, de la cual ya hemos visto alguna trágica experiencia en las residencias de mayores. Finalmente ha sido el verano y sus temperaturas las que acabarían con el virus. Ahora, el milagro es la vacuna.

Y mientras barajamos culpas, agitamos agravios y nos refugiamos en los milagros, nos olvidamos de las causas y los determinantes, y sobre todo, abandonamos la empatía y la esperanza, renunciando a colaborar entre unos y otros para paliar sus efectos.

Olvidamos el abandono de la salud pública y la prevención y que sin ella estamos inermes. La prioridad de la sanidad publica y su deterioro favor de la privada y del sálvese el que pueda. Olvidamos la importancia de los derechos y servicios sociales y la necesidad para financiarlos de impuestos justos. Así como la mercantilización de los cuidados y en particular de las residencias de mayores.

Olvidamos cómo nos ha debilitado la precariedad laboral, la pobreza, el urbanismo salvaje, la mala alimentación, y los hábitos de riesgo, para hacer frente al virus. Y olvidamos sobre todo a quienes no tienen nada y corren el peligro de quedarse al margen de todo. También que la última panacea de las vacunas corre peligro de ser siquiera útil, sobre todo si se distribuyen en función del mercado o de la geoestrategia y no garantizamos el acceso universal empezando por los sanitarios y por los más vulnerables.

Co ello nos olvidamos de la igualdad, la justicia y la ética. Pero siempre nos quedará el escapismo de la culpa del otro y la ficción de las panaceas y los milagros.

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